miércoles, 27 de noviembre de 2013


Los ángeles de Ala, Baudrillard y la precesión de los simulacros

(Basado en “La Precesión de los simulacros”, de Jean Baudrillard)


Los ángeles de Ala no estarán en la casa del que posea imágenes;
y que el día del juicio final el pintor de imágenes será castigado
 por haber osado imitar el hecho creador de Dios”

 Corán -5:90-


Comienza el texto Baudrillard con un inteligente juego haciendo una sutil referencia a la pequeña fábula de Jorge Luis Borges de los cartógrafos del imperio, que relata la precisión del mapa donde se detallaba dicha tierra desconocida y atemporal, tan exacto era el trabajo de los cartógrafos que el mapa cubría la totalidad física del mismo territorio que representaba; a pesar de la pequeña dimensión del texto de Borges con apenas un párrafo, éste ofrece grandes posibilidades de indagar y reflexionar aspectos fundamentales con respecto a la relación entre realidad y representación, en especial dentro del contexto contemporáneo.

A diferencia del misterioso imperio de la fábula de Borges nuestra sociedad de hoy tiene un avanzado desarrollo técnico que permite la proliferación descontrolada de mapas y reproducciones que también pretenden ser una fiel copia de la realidad. Inclusive a escala planetaria podríamos comparar los mapas satelitales que detallan con precisión la superficie terrestre, con la obra maestra de aquellos cartógrafos.

Para Baudrillard la importancia de esta fábula tiene que ver con la difuminación entre el original y la copia, es decir, el mapa con el territorio que a la par se desgastan y desvanecen bajo las inclemencias del tiempo y la decadencia del imperio; para  desaparecer y volverse uno mismo en la abstracción de la metáfora.

En adelante será el mapa el que preceda al territorio y no al revés, la referencia ya no corresponde a un territorio o una sustancia sino que ahora la dinámica radica en la generación de modelos sin origen ni realidad, y como dice el mismo Baudrillard: son los vestigios de lo real, no los del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por los desiertos que no son los del imperio, sino nuestro desierto, el propio desierto de lo real (1).

Es así, que acertadamente Baudrillard utiliza la metáfora de Borges con respecto a la desaparición del imperio, aunque el filósofo francés en este caso la utiliza para destacar la desaparición de la realidad misma; y es efectivo comparar a ambos ya que tanto el imperio como la realidad tienen su origen a partir de estructuras y cánones bien establecidos por una tradición, una cultura, o una cosmogonía de ideas que en general apuntan hacía una misma dirección. Una idea muy importante en el juego de la simulación y el simulacro, la cual el autor extiende también con el libro “El crimen perfecto”; donde la victima por su puesto ha sido la realidad y todo porque la seducción que incitaba al acto poético de interpretar una realidad ha sido aniquilado, ya no hay espacio para el acto creativo de formar una concepción (3).

La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia o a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin ningún origen, un proceso de construcción de la realidad a partir de la nada, paradójicamente esto desencadena un proceso de hiperrealidad, donde el resultado es inclusive más real y contundente que lo real.

Los actuales simulacros, es decir los cartógrafos contemporáneos, con el mismo imperialismo que aquellos de la fábula, intentan coincidir todo lo real con sus modelos de simulación, lo importante es que entre el mapa y el territorio ya no se distingue una diferencia. Es decir, que se esfumó la diferencia entre el uno y otro, lo que producía el momento de la abstracción y la capacidad de descubrir una realidad. “Es la diferencia la que producía la poesía del mapa y el embrujo del territorio, la magia del concepto y el hechizo de lo rea” (1).

El aspecto imaginario de la representación es barrido por la simulación, una operación que se convierte en nuclear y genética al poder ser producida y reproducida un número indefinido de veces gracias a las herramientas tecnológicas presentes desde algunas décadas, es decir, que se le otorgan posibilidades ilimitadas a los contenidos y éstos cobran vida y poder propio para barrer con el original.

La metafísica entera desaparece, no hay más espejo entre el ser y las apariencias, entre lo real y su concepto. La miniaturización genética es el destino de la conciencia imaginaría, ya que ésta es la verdadera dimensión de la simulación; lo cual le permite reproducirse como un cáncer que va infectando todo sigilosa pero contundentemente. 

La era de simulación se abre con la liquidación no solo de todos referentes de lo real, sino también con una surrección artificial en los sistemas de los signos, se trata de una suplantación de lo real por los signos de lo real. “Pues no es raro que las imitaciones lleguen con el tiempo a confundirse con el original”  (1).

Lo real no tendrá nunca más ocasión de producirse: tal es la función vital del modelo en un sistema de muerte, o mejor, de resurrección anticipada que no concede posibilidad  alguna ni al fenómeno mismo de la muerte, comienzo y fin, todo desaparece. Se avecina una era sin la sólita dinámica bipolar donde las cosas se contradecían, a partir de ahora no más tesis, no más antítesis. Solo navegar por las aguas de las indiferencias que no llevan a ningún puerto nuevo.

Lo que sucederá a partir de ahora es lo hiperreal, secuestrando todo el imaginario, y toda posibilidad de distinción entre lo real y lo imaginario. No dando lugar más a la generación simulada de las diferencias.

Para seguir indagando en este fenómeno Jean Baudrillard nos acerca a otro ejemplo, pero esta vez relacionado al campo de la medicina y la psicología, explica que simular no es fingir sino que es algo más complicado, ya que disimular es fingir no tener lo que se tiene, mientras que simular  es fingir tener lo que no se tiene. Por una parte fingir remite a una presencia, mientras que simular remite a una ausencia.

El que finge se mete en cama y hace creer que esta enfermo, mientras que aquel que simula aparenta tener algunos síntomas de la enfermedad. Es decir, que la diferencia radica en que éste último a pesar de mostrar los síntomas no tiene la enfermedad. Fingir o disimular ambos dejan intacto el principio de realidad, aunque hay una diferencia enmascarada.

La simulación vuelve a cuestionar la diferencia de lo verdadero y de lo falso, de lo real y de lo imaginario; cualquier síntoma puede ser producido y no se percibe como un hecho natural, la medicina pierde su sentido al no saber tratar más que las enfermedades verdaderas según sus causas objetivas. No hay más una causa objetiva desde la perspectiva médica.

¿Qué puede hacer la medicina con lo que fluctúa en los límites de la enfermedad o la salud, con la reproducción de la enfermedad en el seno de un discurso que no es verdadero ni falso? La psicosomática evoluciona de manera turbia en los confines del principio de enfermedad.

En cuanto el psicoanálisis, éste remite el síntoma desde el orden orgánico al orden del inconsciente, y el síntoma es considerado más verdadero que el otro. Es decir que desde la perspectiva psicoanalítica el fenómeno efectivamente concuerda con los patrones del inconsciente: el simulacro a las ordenes del inconsciente, tal cual como la dinámica en que funcionan los sueños y su generación de representaciones.

Pero, qué puede hacer el psicoanálisis con la repetición del discurso del inconsciente dentro de un discurso de simulación que jamás podrá ser desenmascarado al jamás haber dejado de ser falso. Es decir que se resiste a llevar a cabo la distinción entre lo verdadero y lo falso, entre el síntoma producido y el síntoma auténtico. Y como argumenta Baudrillard: ¡Si interpreta tan bien el papel del loco es que lo está! Y en este sentido no se equivoca ya que todos los locos simulan.

El principio de verdad, con todas sus categorías de la razón clásica, que precisamente fueron creadas para evitar este tipo de subversiones, es ahora obsoleto debido a las peripecias del simulacro y lo hiperreal. Se derrumban ideas filosóficas que comenzaron a florecer desde algunos hace milenios y que cimentaron la estructura de la modernidad. 

Además de los mapas y la medicina, la simulación también remite a la religión y más concretamente al simulacro de la divinidad, ya que la importancia del debate entre los iconoclastas y los iconólatras por la representación de Dios radica en el temor de que éste simplemente pudiera perderse en la creación y repetición  de su propio simulacro. Era tentador para los iconólatras esparcir la imagen de Dios tal como lo hacen ahora las campañas publicitarias para acercar al cliente con su producto, sin embargo por otra parte, el riesgo era la eliminación total de la esencia original y el desvelamiento de que en realidad Dios nunca ha existido y solo ha sido su propio simulacro.

“Prohibí que hubiera imágenes en los templos porque la divinidad que anima la naturaleza no puede ser representada” (iconoclastas). ¡Pero en realidad si puede serlo! Y con su gran poder de fascinación y todopoderosidad  los iconólatras simplemente vieron desaparecer su dios en la peifanía de sus representaciónes.

En el Islam entendían bien la capacidad de las imágenes de borrar a Dios de la conciencia de los hombres, y fue de esta manera tan sutil y directa que ellos lo expresaron en sus escritos:

Los ángeles de Ala no estarán en la casa del que posea imágenes;
y que el día del juicio final el pintor de imágenes será castigado
 por haber osado imitar el hecho creador de Dios”

 Corán -5:90-

Quién escribió este pasaje del Corán sabía que el verdadero problema no era el osar imitar el hecho creador de Dios, sino que la imagen tiene la capacidad de destruir la realidad, es decir, aniquilar todo aquello creado por Dios, incluido a sí mismo. Lo que ha estado en juego siempre ha sido el poder mortífero de las imágenes, asesinas de lo real, asesinas de su propio modelo. La desaparición de Dios en sus representaciones, eso era justamente lo que atemorizaba a los iconoclastas, cuya querella milenaria es todavía la de nuestros días.

Por otro lado los iconólatras quizá no ignoraban que las imágenes no representaban nada y que eran puro juego, y que a pesar de que también sabían que era muy arriesgado desenmascarar unas imágenes que no representan nada, el poder de control y convencimiento que la imagen otorga para quien la controla fue más persuasivo para ellos. Los jesuitas fundaron su propia política sobre la desaparición virtual de Dios y la manipulación mundana y espectacular de las conciencias. Tras las imágenes del barroco ocultaron la eminencia gris de la política que sirvió para fines muy concretos de sometimiento.

Entonces  ¿Y si Dios mismo puede ser simulado, reducido a los signos que dan fe de él? De hecho la mayoría de las fes del mundo tienden por la imagen, y de las fes occidentales todas las están comprometidas con la representación. Entonces todo el sistema queda flotando convertido en un gigantesco simulacro. No en algo real, si no en un simulacro. Dentro de un circuito ininterrumpido donde la referencia no existe. A continuación se muestran las cuatro fases sucesivas fases que de acuerdo a Baudrillard son el proceso en el una imagen o una representación se pierde en su propia realidad, para inevitablemente convertirse en un simulacro:

Las fases sucesivas de la imagen:

-          Es el reflejo de una realidad profunda

-          Enmascara y desnaturaliza una realidad profunda

-          Enmascara la ausencia de realidad profunda

-          No tiene nada que ver con ningún tipo de realidad, es ya su propio y puro simulacro.


Y es en la cuarta fase en que toca a la simulación ser la protagonista y reina absoluta, ya que la apariencia y la representación han desaparecido del juego de la imagen. Al contrario que la utopía, la simulación parte del principio de equivalencia, de la negación radical del signo como valor, parte del signo como reversión y eliminación de toda referencia.

Cuando lo real ya no es lo que era, la nostalgia cobra sentido. Pujanza de los mitos del origen y de los signos de realidad. Pujanza de la verdad, la objetividad y la autenticidad. Producción enloquecida de lo real y lo referencial, paralela y superior al enloquecimiento de la producción materia, escalada de lo verdadero (1).

Y el peligro reside en la construcción de una nueva realidad, neo-real, o hiperreal, construida a partir de las representaciones que se propagan viral y masivamente alrededor del mundo, y muchas veces éstas simulaciones son fabricadas por aquellos grupos interesados precisamente en crear una realidad a su conveniencia. Por ejemplo la industria farmacéutica siempre ha sido muy conciente del efecto placebo que tiene la publicidad tiene sobre los pacientes que consumen sus productos; y no pierden la oportunidad en invertir en investigación de publicidad efectiva así como lo harían en recursos para un laboratorio químico; y de igual manera una buena campaña de publicidad puede hacer que un coche sea más veloz, más cómodo, y destacarse entre los automóviles que tienen las mismas cualidades técnicas al circular por el pavimento. Es decir, un juego donde la simulación es la estrategia de lo real (4).  


El final de la orgía

La orgía es todo el momento explosivo de la modernidad, el gesto de la liberación en todos los campos (liberación de la mujer, liberación sexual, política, economía, artística, etc.).  Sin embargo, actualmente estamos en una etapa posterior a la orgía, hemos recorrido todos los caminos de la producción y de la superproducción virtual de objetos, de signos, de mensaje, ideologías y placeres. Hoy todo esta liberado, pero no nos reencontramos ante la pregunta crucial:

¿Qué hacer después de la orgía?

Pues no sabemos, ya que fingimos que seguimos acelerando en el mismo sentido, ya sólo podemos simular la orgía y la liberación. Pero en realidad la humanidad está acelerando en el vacío, porque esas finalidades ya quedaron atrás y son totalmente obsoletas.

Estamos en el estado de las utopías realizadas, donde paradójicamente hay que seguir viviendo como si nunca hubieran sido realizadas. Vivimos en la reproducción indefinida de ideales de fantasías, de imágenes, de sueños, de sexo que ahora quedan en el pasado, que sin embargo tenemos que  reproducirnos en una especie de indiferencia fatal. Sólo resta hiperrealizar estos anhelos en una simulación indefinida.

Nada, ni siquiera Dios desaparece por su final o por su muerte, sino por su proliferación, saturación, contaminación, por la exterminación de una epidemia de simulación. Ya no de un modo fatal de desaparición si no un modo fractal de dispersión. Ya nada se refleja ni en el espejo, ni en el abismo: desdoblamiento al infinito de la conciencia. Ya no hay revolución, sino circunvolución, una involución del valor.

Baudrillard nos explica que también el valor tiene varias fases sucesivas y de alguna manera tienen paralelo con aquellas de la imagen. Tiempo atrás, estaba primero la fase natural del valor de uso (referencia a un uso natural del mundo). A continuación hubo una fase mercantil del valor de cambio (lógica de mercancía). Después una fase estructural del valor-signo (códigos y modelos). Finalmente ha llegado la fase fractal del valor, o también fase viral, es decir cuando ya nada cobra sentido y como la realidad en la representación desaparece también la referencia del valor se esfuma para convertirse en una realidad basada en si misma y nada más. No hay ley de valor sino una epidemia de valor. Uno de los ejemplos más característicos es la circulación de las obras en el mercado del arte ya que los precios son sumas ridículas y desproporcionadas.

El valor hoy en día brilla en ausencia del juicio del valor. Una metástasis general del valor, de proliferación y dispersión aleatoria. Y de hecho ya no habría que hablar de valor, puesto que esta especie de desmultiplicación en cadena imposibilita cualquier evaluación. Imposible calcular en términos de bello o feo, verdadero o falso, bueno malo…

Baudrillard compara al hecho de tratar de construir un juicio de valor, al reto de calcular a la vez la velocidad y dirección de una partícula. Cada partícula sigue su propio movimiento, así mismo, cada valor, fragmento de valor brilla un instante en el cielo de la simulación y después desaparece en el vacío. Este es el esquema propio de lo fractal, es el esquema de nuestra cultura.

Las cosas siguen funcionando cuando su idea lleva mucho tiempo desaparecida, siguen funcionando con una indiferencia hacia su propio contenido; y la paradoja consiste en que funcionan mejor. La idea de progreso ha desaparecido, pero el progreso continúa, la idea de riqueza que sustenta la producción ha desaparecido, pero la producción marcha como nunca. La idea de política ha desaparecido, pero el juego político lo sigue embarrando todo.

Así como el valor de las cosas, todas las percepciones se aceleran a medida que se vuelve indiferente a sus finalidades originales; y todo el paradigma se comienza a tambalear. Aquí comienza el desorden metastásico de desmultiplicación por contigüidad, de proliferación cancerosa. Contaminación de propagación aleatoria e insensata, es decir, una verdadera metástasis de proporciones catastróficas.

Se nos ha impuesto la ley de la confusión de todos los géneros, la sustitución del conjunto y de los elementos simples, la conmutación general de los términos, y lo que termina por instalarse en la desilusión de la metáfora es la metonimia.

El glorioso movimiento de la modernidad no nos ha llevado a una transmutación de todos los valores como habíamos soñado sino a una dispersión e involución del valor cuyo resultado para nosotros es una confusión total. La imposibilidad de reconquistar el principio de una determinación estética, sexual o política de las cosas. Estamos en el grado cero de todas las cosas que también es el de su reproducción y de su simulación indefinida.

Todas las disciplinas se compenetran entre si, todo es sexual, todo es político, todo es estético… a la vez. Por ejemplo, la política está en todos lados: en la economía, en el deporte, en la ciencia, en el sexo, en el espectáculo, en la estética… Cuando todo es político ya nada es político, y la palabra carece de sentido. Como una huella imperceptible, tal como en la memoria del agua.

Todo es objeto del deseo, todo se interpreta en términos de fantasía e inhibición, y todo el conjunto de actividades en lo que se ha dado en llamar la cultura ha sido absorbido por esta dinámica. Cuando todo es estético ya nada es estético, ya nada es ni bello ni feo y el mismo arte desaparece.

El arte ha desaparecido, es decir que la utopía estética de los tiempos modernos proclamada desde el renacimiento se desvaneció por completo a favor de una circulación pura de las imágenes, en una transestética de la banalidad. Y fue precisamente con el Dadá de Marcel Duchamp que el arte renegado se abrió a la era transestética de la banalidad de las imágenes. Así como el arte se derrumbaba en su estrategía, también lo hacía la producción y el valor, cuyo colapso final vino con el estallido de la burbuja económica y la crisis de 1929.


Transestética

La maquinaria industrial del mundo se ha visto estetizada, la gran tarea de occidente fue la mercantilización del mundo, haberlo entregado todo al destino de la mercancía, es decir, su puesta en escena. Todo se ha vuelto iconoclasta: imágenes donde no hay nada que ver. Además todos se han vuelto potencialmente creativos y la proliferación de imágenes donde no hay nada que ver es incontrolable.

Esto para Jean Baudrillard es un regreso a la fase cultural de las sociedades primitivas, y nos ayuda con un ejemplo para entender la regresión del arte comparando lo que se esconde detrás de las latas Campell de Andy Warhol y las obras bizantinas de la edad media; que a pesar de la distancia en el tiempo que separa a éstas ambas, comparten el hecho de que pertenecen al mismo juego de la simulación. 

Como los iconos bizantinos permitían dejar a un lado cualquier iniciativa de plantearse la cuestión de la existencia de Dios, sin dejar de creer en él; las obras de Warhol tienen la misma ventaja (o desventaja) de no darnos la posibilidad de poder plantearnos la cuestiones de índole artísticas  y estéticas, como de bello o feo, bueno malo , etc.; y ahí esta precisamente el milagro: las imágenes contemporáneas nos permiten seguir creyendo en el arte precisamente eludiendo la cuestión de su existencia.

Vivimos en un mundo en el que la más alta función del signo es hacer desaparecer la realidad y a la vez esconder su desaparición, estamos condenados a la indiferencia, y de la misma manera que el arte está más allá de lo bello y lo feo, también está más allá del bien y el mal y todos lo valores construidos previamente.

Hoy en el campo estético del arte nada se contradice todo puede convivir y las convicciones artísticas y humanas sin difuminan en la indiferencia. Imposible calcular en términos de bello o feo, verdadero o falso, bueno malo…Estamos en la imposibilidad de juzgarnos a nosotros a mismos y de cualquier otra cosa. Y el problema queda resuelto en el abismo de la simulación. Ruptura del código genético, desorden biológico, proliferación en desorden: cáncer.

Pérdida de partida y fin, calvario de las almas perdidas y confusas en la difuminación de la realidad, todo un cataclismo de dimensiones proféticas y aquí nadie se puede equivocar: los ángeles de Alá han soltado su poder sobre la humanidad, los pintores de imágenes han destruido la creación de Dios…y la humanidad seguirá en el purgatorio por algunos tiempos.

Sin embargo quizá queda esperanza o por lo menos queda la dicha de los artistas que con el comienzo del auge del pop y el hiperrealismo, tratan de presentar al mundo el anhelo de traer de vuelta alguna realidad, algún sueño para la humanidad.





(1).- Baudrillard, Jean. “La Precesión de los simulacros”. Editorial Kaidós.
España    (1978).

(2).- “El Sagrado Corán” Centro Cultural Islámico Fátimah Az- Zahra. El Salvador. (2005)

(3).- Baudrillard, Jean. “El crimen perfecto”. Anagrama, Barcelona (1996).

(4).- Cialdini, Robert “The psychology of persuasion”. Collins. U.S.A. (1984).

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